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sábado, 21 de marzo de 2015

La crisis de los 25

El pasado día 19 cumplí 25 años. Un cuarto de siglo, me decía yo. A efectos prácticos, no obstante, tenía esa edad desde hace varios meses, cuando caí en la cuenta de que pronto iba a estar más cerca de los treinta que de los veinte. A esto, que recibí como un mazazo de realidad, me dio por llamarlo “la crisis de los 25”, denominación de la que se han burlado viejos y jóvenes, pero nunca personas en mi misma situación.

Esta crisis -de la que me reiré cuando tenga cincuenta y la recuerde como un ejercicio de ingenuidad e inexperiencia- se edifica alrededor de un elemento clave: el miedo. Nunca he sido una persona miedosa: sí miedica, en cambio; me asusta la práctica del ligoteo, volar en avión, perder de vista a mi perro cuando lo paseo o subir en coches que vayan a más de 120 por hora. Con esas pequeñas fobias he convivido, y algunas hasta se han esfumado.

Miedica sí, pero ¿miedosa? ¿Rechazadora de los grandes retos? Nunca. No hasta que germinó en mí la inminencia del cuarto de siglo y la aparente direccionalidad de mi vida reveló su disimulado desorden, que se dispersó, de repente, por la vastedad de un mundo todavía inexplorado y de fronteras menguantes.

Todas las metas a las que creía estar dirigiéndome quedaron anémicas de golpe. Me pregunté si realmente estaba donde quería estar y la respuesta fue “no”. Experimenté una sensación que creía naufragada, aquella que me traje puesta de un viaje a Roma en marzo de 2013, meses antes de acabar la carrera: una sensación de total y amarga incertidumbre que contrastaba con la seguridad que emanaban los amigos con quienes había compartido periplo, todos con proyectos interesantes para el curso siguiente. Meses después, ya aposentada en mis propios planes, añoré aquel vacío que, en la distancia, se me representaba repleto de perspectivas, de caminos susceptibles de ser recorridos, una variedad tan grata de opciones que sólo el hecho de escoger una de ellas sería un acto de delicado placer.

Me equivocaba. Hoy, que más que nunca tengo claro quién soy y qué quiero hacer –hasta el punto que sea posible saber algo tan grande a mis 25 años-, es precisamente cuando más miedo tengo. Decidí, ya hace muchos meses, obedecer a lo que desde pequeña se manifestó como mi “talento” genuino, si es que éste existe: la escritura. Y sin embargo, dos años después de Roma, con esta crisis de los 25 que puede que haya inventado mi generación, estoy sumida de nuevo en esa sensación angustiosa de no saber hacia qué dirección encarar el próximo paso. ¿Por qué, si el objetivo es diáfano, si la escritura puede ejercerse en cualquier momento y en cualquier lugar?

Quizás por eso mismo. Porque, aunque la meta esté definida y sea alcanzable desde este mismo momento, puede ser desmenuzada de múltiples maneras. Puede tener su sede en Valencia, en Córdoba –mi destino deseado para el curso que viene-, en México DF o en Nueva York –estas ciudades no han sido escritas al azar-. La escritura, que de momento no me da de comer, también puede y debe compaginarse con decenas de trabajos y estudios superiores: puedo retomar lo de ser camarera, continuar con mis estudios de Interpretación, adentrarme en el atractivo mundo editorial o escribir como periodista freelance desde cualquier parte de la bola del mundo que corona mi escritorio. No me da miedo hacer lo que sea o irme donde sea. Lo que verdaderamente me da miedo es renunciar a todo lo demás. Me atemoriza el coste de oportunidad, noción que pasé por alto en la asignatura de Economía, en primero de carrera, y que ahora regresa a mi memoria como un hierro candente dispuesto a calcinar mi ya de por sí débil capacidad de decisión.

La moderna crisis de los 25 es una crisis por exceso, no por defecto. Exceso de opciones, de ofertas, de estilos de vida, de ciudades. Exceso de vuelos baratos y de baratas formas de ganarse la vida e ir sobreviviendo con lo justo. Exceso de cómodas incomodidades. Exceso de todo aquello de lo que carecieron las generaciones anteriores a la mía. Exceso, sí, a pesar de la crisis económica, o quizás precisamente por ella. La crisis de los 25 debería emocionarme, congratularme, avergonzarme incluso por su excesiva promesa de vida eterna, y sin embargo me amilana, me turba y me reduce con el peso de la renuncia, del virtual arrepentimiento, de la vergüenza que me produce despreciar todo lo bueno que está a mi alcance.



miércoles, 5 de noviembre de 2014

La cuerda floja del arte


Impulso y control. Impulso o control. ¿Impulso contra control?

Escribía yo sobre los verdaderos escritores. Desde hacía unos días retorcía con obsesión aquella idea de que uno sólo puede escribir sobre sí mismo si quiere que haya verdad. “Verdad” es un concepto que se utiliza muchísimo en arte dramático: “tiene que haber verdad”, “tenéis que crear verdad”, “allí no se respiraba verdad”. En una de las primeras clases de este curso hablábamos del equilibrio, parecido al de una cuerda floja, que en teatro existe entre la mentira y la verdad. Un compañero de clase dibujó cada una de estas palabras en sendos extremos de un palo del tamaño del de una escoba que empleamos para entrenar en una asignatura. Cada vez que lo veo recuerdo la eterna disyuntiva con la que debemos convivir quienes pretendemos crear arte, cualquiera que sea el ámbito escogido para ello.

El lunes asimilé lo de escribir sobre uno mismo. Llevaba días escribiendo sobre un niño al que no conocía de nada y que apenas guardaba una inapreciable semejanza conmigo. El relato se estaba convirtiendo en algo tedioso, en una espiral de dramatismo carente de orificios por los que respirar contrastes. La verdad es que hacía varias jornadas que no escribía, porque no sentía nada por aquel personaje inventado que me estaba empezando a caer mal.

Había estado el fin de semana leyendo a Lorca. El lunes leí por obligación a Almudena Grandes, cuyo estilo, perdonadme, no soporto, y por relaciones de diferencia lo comprendí: si la escritura no sale directamente de las vísceras, si no traspasa implacablemente los órganos para abrirse paso hasta el papel, si no duele ni agujerea las entrañas… si el lector no percibe que el escritor se ha abierto en canal para volcar lo más íntimo, lo más vergonzoso, lo más infantil, lo más relacionado con su mundo interno y con su imaginación más original, entonces no se trata de verdadera literatura. “Verdadera” por verdad; la misma verdad de la que habla el teatro.

Esa misma noche escribí un relato tan verdadero que no puedo mostrarlo, porque dolería a algunos.

Y pensé en la relación de la verdad de la escritura con la verdad del teatro. Me llevé los pensamientos a la mesa, a la cama, al coche del día siguiente, a las clases. En la de acrobacia, el profesor nos habló de la relación entre el cuerpo y la mente, tan corrompida en la sociedad occidental. Nos hizo hablar mientras improvisábamos movimientos, y no podíamos sino caer en la repetición más burda. En la mayoría de nosotros la mente va por un camino y el cuerpo recorre otro; es así durante las 24 horas de cada día. Cuando conectamos ambos, dijo, es cuando se genera el impulso creativo.

Verdad. Mentira. Impulso. Arte. Creación.

Relacioné aquello con mis pensamientos recién eclosionados. Un escritor puede morir sin haber llegado a la conexión cuerpo-mente, instinto-razón, impulso-reflexión. Un escritor puede morir sin haber escrito nada que haya partido realmente de sí mismo. Un escritor no tiene por qué saber que esos canales entre su cuerpo y su mente están congestionados; ni siquiera tiene por qué conocer la existencia de los mismos.

Un actor descubre esta difícil realidad cuando se enfrenta al público en una obra amateur o al ingresar en una escuela de arte dramático en la que, día a día, es su propio enemigo. Es una suerte, de todos modos. 

En la tarde de ayer, el mismo profesor que nos habló de la cuerda floja nos repartió quince papelitos, uno a cada alumno de la clase. En cada recorte estaba escrito un fragmento del Manifiesto Futurista. Coged un objeto, nos dijo, el que queráis, y ocupad todo el espacio. Cada uno irá leyendo su parte, deconstruyendo el texto, por orden; las partes están numeradas. Los demás sólo debéis reaccionar a lo que estéis escuchando y a lo que suceda en el momento, teniendo a vuestro objeto en cuenta. Podéis interactuar. ¿No hay límites?, preguntó alguien. No hay límites, respondió el profesor.

Estuvimos una hora, o más –no tengo la certeza, porque hubo un momento en que perdí de vista la dimensión espaciotemporal-, saltando, gritando, a veces queriéndonos, otras odiándonos; algunos se pegaban, otros reían o lloraban, pasando de una emoción a otra con una facilidad extrahumana. Formábamos un maremágnum de cuerpos extasiados inmersos en la pura acción-reacción; éramos seres animales tomados por impulsos multidireccionales y aparentemente arbitrarios que decidían explotar después de mucho tiempo contenidos.

La descripción de la experiencia no consigue encerrar el alma de lo allí vivido.

Hoy, en una práctica con una compañera, sentía impulsos: quería pegarle, quería poner mi cara a un dedo de la suya y gritarle y escupirle; quería tumbarla e inmovilizarla; deseaba insultarla y ponerle mi peor cara de odio. En lugar de hacer todo eso, contuve los impulsos. Luego me quedé pensando en ello.

Todo eso tiene que ver con la verdad teatral y con la verdadera literatura.

Obedecer impulsos internos es complicado para alguien que lleva más de media vida controlando lo que dice, lo que come, lo que siente y lo que hace. Gracias a Lorca, gracias al futurismo, gracias a mi compañera de escena, gracias a quien me habló de la verdad literaria y gracias, incluso, a Almudena Grandes, descubro que debo distanciarme del control para empezar, de una manera comprometida, a abrir la comunicación cuerpo-mente para que los impulsos más esenciales se canalicen y salgan al exterior. El impulso es la verdad; el control es la ficción. En literatura, en teatro; la cuerda floja del arte.




lunes, 3 de noviembre de 2014

Los verdaderos escritores


Un buen escritor es aquel que se deja ver tras sus palabras. Lo conozcas o no, sepas o no sepas cómo es su rostro, cómo sus andares, consigues, por algún proceso sobrenatural y desconocido, adivinar su alma, el estado emocional en el que se encontraba cuando redactó esas líneas. Las palabras que ha escrito y agrupado en oraciones separadas por comas, puntos y párrafos destilan una melodía reconocible a la que, leyéndola, sólo puedes calificar de genial, única. De repente piensas que escribir es algo sencillo, natural; es el mismo engaño en el que, pícaro, te hace caer el bailarín que, tras años de entrenamiento de fuerza, rapidez, flexibilidad y expresión, adquiere la ligereza del viento delicado y vuela con simplicidad por el espacio escénico, restándole dificultad a sus proezas, logrando que creas que tú podrías hacer lo mismo con sólo un poco de práctica.

Hay pocos escritores que despierten esa sensación en las personas. Lorca, Saramago, Cortázar, García Márquez. Pero los cuatro están muertos. En la actualidad otros escritores lo continúan intentando, pero su prosa parce resistirse a la fluidez inevitable que se desprendía del talento de los que ya no respiran. Escritores famosos y consagrados despachan cientos de miles de copias de libros escritos en un lenguaje artificioso, pensado y repensado para parecer buena literatura. Pero sólo es literatura fingida, sin impulso, sin sangre ni lágrimas ni crueldad. Si el lector ha de volver una y otra vez sobre una frase para comprender lo que el autor quería expresar con ella, entonces es que no está ante una buena obra. Pero eso es lo que vende ahora: pseudoliteratura disfrazada de intelectualidad barata, cargada de un ego del que los verdaderos literatos carecían y que quizá deseaban poseer.

Los verdaderos escritores cocinan narraciones redondas, con un inicio y un final que encajan igual que las dos mitades de un puzle tridimensional de un par de piezas. Sus frases evocan imágenes, dibujan sensaciones en el estómago del lector, y él se reconcilia con ellas; algunas incluso puede reconocerlas en el sentido más literal del verbo, olvidadas después de años surcando los mares descuidados de la memoria. Las metáforas son sencillas, escritas con una poética tan refinada que no hace falta ahondar en su significado, pues la sola belleza que florece en la unión de las palabras es suficiente para alimentar un alma hambrienta.

Los escritores que llegan a rozar los entresijos de la emoción humana cambian el orden natural de las palabras, del sujeto y del predicado, y aun así el resultado continúa pareciendo perfecto, como si fuera obvio que debía ser así y no de ninguna otra manera. No sé cómo lo hacen, pero con un sintagma de dos únicas palabras consiguen despertar toda una cadena de pensamientos, fotografías, emociones y cosas dichas, y otras cosas no dichas, que suceden en solamente esas diez letras, si llega.

Y algo más, dentro de todo lo más, que es mucho: el sabor de sus palabras se adhiere al paladar de quien ha sorbido con ansia su escritura, y allí permanece sin que el lector se dé cuenta. Y de allí, atravesando quién sabe cuántos nervios, células, neuronas y músculos, llega al inconsciente, y pare algo, una idea, una creencia, una verdad nueva con la que convivirá el resto de su vida sin saberlo.

Yo los leo y no puedo evitar preguntarme si algún día conquistaré todo eso.


domingo, 12 de octubre de 2014

Otro blog más

He abierto tantos blogs a lo largo de mi vida que no puedo calcular qué puesto ocupará éste en la lista de proyectos fallidos. Y me lo digo así, clara y honestamente, porque sospecho que esto aguantará lo que la motivación que acompaña al inicio de cualquier propósito dure. No pretendo llegar a mucha gente a través de mis palabras, ni siquiera a una sola persona (esto lo digo ahora, pero seguro que en unos días me obsesiono buscando comentarios residuales en el blog). Sólo quiero cumplir el objetivo de escribir, y hacerlo sabiendo que otros pueden leerme me compromete mucho más conmigo misma que ordenando letras en un documento de Word que quizá no envíe a nadie.

Hace cinco años me metí en Periodismo porque pensaba que allí me enseñarían a escribir mejor. En las aulas descubrí que ya sabía escribir bien, y que de hecho ése era un requisito imprescindible para desempeñar con dignidad la profesión periodística. Bueno, eso creía entonces, porque tras leer a muchos articulistas y columnistas me decanto por pensar que es el editor quien en realidad sabe escribir, y no tanto el periodista.

En la facultad de Comunicación no me enseñaron, pues, a escribir mejor. Daban por hecho que podía hacerlo. En el primer cuatrimestre ya me di cuenta de que había elegido una carrera que no me gustaba, pero decidí continuarla porque ya había abandonado otra, la de música, y porque con el plan Bolonia, decían, "el primer curso es el más aburrido y general". No sé: a mí todos los cursos me parecieron bastante aburridos y generales, pero creo que este juicio tiene más que ver con mi desencanto con el periodismo; otros compañeros acabaron la carrera encantados y conservando el sueño de ser reporteros de guerra o presentadores de informativos en la televisión.

Yo, que escribía de forma compulsiva desde que me pusieron un lápiz en la mano (y escribía tanto ficción, siempre en forma de cuentos, como diarios personales y, ya lo he dicho, blogs), abandoné la afición coincidiendo con mi entrada en la carrera. Mirando atrás, pienso que quizás asocié la escritura con un periodismo con el que mantenía una ondeante relación amor-odio (ahora me encantas y creo que contigo puedo cambiar el mundo; ahora te detesto y estoy convencida de que no sirves más que para alimentar el ego de quienes se sirven de ti). Alguna vez volví a escribir algo que no fueran artículos o notas de prensa para asignaturas o para prácticas impagadas, pero tarde o temprano abandonaba el trabajo, pensando que la idea no era lo suficientemente original o que carecía de valor literario.

Acabé Periodismo hace un año y, a pesar de todo, supe valorar lo que la carrera me había dado: sobre todo, una visión nueva de la realidad, una conciencia crítica que, curiosamente, critica menos cuanto más la entreno. Desde que rematé los últimos créditos supe que mi vida continuaría ligada, inexorablemente, a las palabras, al lenguaje que siempre me ha fascinado y que he amado por encima de cualquier otro arte (¿acaso no es un arte?). Desde entonces he trabajado como freelance escribiendo artículos sobre viajes y desarrollo personal, así como editando artículos y obras de otros autores. También comencé a estudiar Arte Dramático, carrera que acabó de engancharme cuando tuve que hacer mi primer análisis de personaje a través del texto: ¡Cuánto esconden las palabras! ¡Cuántas interpretaciones existen de una sencilla frase de media línea! ¡Cuánto podemos conocer a las personas a través de su lenguaje!

Creo que, de esas siete inteligencias de las que habla Gardner, la mía ha sido, es y será la lingüística. Desde pequeña tengo una intuición especial para las palabras y para la escritura. De bebé, por lo visto, sacaba de sus casillas a mis padres preguntándoles incansablemente cuáles eran las letras de las matrículas de los coches que veíamos por la calle. Una vez mi padre me bailó una jota y, cuando acabó, le pedí que me bailara la "i". Según él, yo era una especie de fábrica de escribir cuentos, algunos de los cuales todavía conservo.

Disfruto escribiendo. Disfruto haciendo una búsqueda intensiva y agotadora de la palabra que describa exactamente lo que hay en mi mente. A veces la encuentro; otras veces sólo aparece la quinta vez que reviso el texto. Disfruto alternando el diccionario de la RAE con el de sinónimos de Wordreference. Disfruto releyendo algunos de mis textos y comprobando que, al contrario de lo que pensé cuando acabé de escribirlos, son buenos.

Hace unas semanas me propuse volver a escribir "en serio". Este año soy igual de pluriempleada, pero no soy tan pluriestudiante como el curso pasado, así que los fines de semana que antes llenaba con formaciones ahora son solamente para mí. He instalado mi cama y mi escritorio en la buhardilla en la que dormía cuando era pequeña y que luego pasó a mi hermano, que ahora está de Erasmus en Alemania. Me he propuesto escribir ficción cada día (los artículos son periodismo, no literatura, aunque yo, confieso que queriendo, intento siempre embadurnarlos de ella). La ficción se quedará para mí. En el blog quiero hablar de otras cosas, de pensamientos que se quedan largos para el Facebook, de reflexiones que no encuentran tribuna en la vida real.

Ah, por cierto, me llamo Irene y soy de un pueblo de Valencia. Ahora tengo 24 años, y desde hace un mes ya no me siento vieja. ¡Bienvenido!