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viernes, 6 de marzo de 2015

Madre gitana

Cercana a las vías del tren tardío
Canta una madre gitana.
Canta, con voz ronca y dorada,
Canta a un niño que aún no llora.

Le relata una nana que sólo ellos conocen,
Una nana de dos vocales
Y una consonante.
Las letras suben y bajan por una escalera invisible
De peldaños que se quiebran
Y después se reconstruyen.

El niño no llora.
Su madre le canta.

La hija y la hermana
Escucha la canción en el monopatín que conduce.
Su pequeño pie de cera
Acaricia las baldosas que nadie ha visto nunca.
La niña canta, también,
Y su voz presagia su vida de arena
Y pintura desconchada.
La segunda vocal de su madre
Canta por ella.

La madre gitana, el niño y la niña
Se adentran en lo oscuro del andén lejano.
Ellas cantan a la trampa del aire;
Él no tiene un llanto que ofrecerles.

Terminan límites nunca antes explorados.
La niña regresa,
Amparada por una cuna compasiva,
Generosa con los miedos más fatales
De los que esperan.
Detrás de ella,
Su madre canta
A un niño que ya llora.



domingo, 22 de febrero de 2015

El universo y las familias

Imagina que un día, tras abrir la puerta de tu casa, descubres que los muebles han mudado su lugar y su apariencia. El aspecto del distribuidor es tan novedoso que, a simple vista, apenas puedes reconocer en él tu hogar. Tu propia figura, acostumbrada a reflejarse en el espejo que ocupaba la pared de enfrente, te saluda ahora desde el techo. La mesita en la que solías dejar el juego de llaves ya no es de madera, sino de hierro hostil, y ha perdido el cajoncito que custodiaba el mando del garaje. La puerta que conduce al comedor ha desaparecido; la que comunica con el pasillo está dada la vuelta y ha sido teñida de un color amarillo tan luminoso que duele a los ojos.

Investigas el resto de la vivienda. Aunque te anonadan los cambios aleatorios y carentes de una línea lógica que les confiera cierta coherencia dentro del caos, te habitúas a la nueva apariencia de tu casa con una rapidez que te asombra todavía más. Su estructura no ha variado; aunque algunas puertas y ventanas han modificado su orientación o su lugar, las paredes delimitan los mismos metros habitables y se juntan en las mismas esquinas. Cuando sacas la cena del microondas de goma apostado en la tapa del váter ya has aceptado el nuevo orden de tu continente, un orden que alguien o algo totalmente ajeno a ti te ha impuesto sin ofrecer la opción de negarte.

Nuestro universo es esa casa desprovista de sentido. Cuando nacemos lo aceptamos casi al instante, dueños de una capacidad de adaptación posible gracias a nuestro feroz instinto de supervivencia. Nos hacemos a las puertas equívocas, a los muebles transformados; desconocemos su origen, quién los colocó ahí. Pero, con toda su extrañeza, los seguimos reconociendo como parte de nuestro hogar.

A veces tratamos de comprender el universo. Queremos darle una explicación a las coordenadas de esos potentes electrodomésticos que son las estrellas, anhelamos desvelar el secreto que contienen los armarios repletos de galaxias. Pero ninguna mente humana está tan capacitada como para llegar al principio último del universo. Saber que estamos condenados a habitar una casa que nos niega el acceso a su realidad íntima nos frustra un poco, hasta que nos estiramos en el sofá y el asunto pierde interés.

Una cosa sí sabemos: el universo tiende a la repetición. Aunque nos quedan lejos, cada día mueren miles de estrellas, desfilan entre planetas millones de asteroides y se generan otras tantas galaxias. Varían los escenarios, varían las circunstancias, varían las relaciones entre los fenómenos físicos que derivan en nuevas realidades. Lo que no varían son las preguntas y las respuestas, las conozcamos o no. Y, a pesar de la ley de la repetición, en el universo reina la incertidumbre; una incertidumbre que determina, en el último milisegundo, si la supernova arraiga, si la roca impacta contra el planeta o si las galaxias detienen su nacimiento para empezar a autodestruirse. En el universo todo es probable, y, sin embargo, nada es seguro.

Las familias también son esa casa desordenada e imprevisible. En ella se suceden pequeños cambios rutinarios que sólo revelan su verdadero alcance cuando se rescatan muchos años después. Tú, sin darte cuenta, te habías habituado a las nuevas circunstancias. Creías que ni siquiera te habían afectado. Pero la verdad es que te afectan, y no sólo a ti: también a tu hipotética descendencia, a los familiares que ahora viven y a los que, muertos hace tanto, reavivamos en nuestro pensamiento, modificando sus perspectivas, su memoria.

Desde el momento en que tu familia te acoge, te asocias a un vaporoso e inabarcable universo de preguntas y respuestas perpetuas, casi siempre escondidas o incluso censuradas. Lo único que te diferencia de tu abuelo es el escenario, las circunstancias, las relaciones: tus preguntas y las suyas son idénticas. También lo son vuestras respuestas, aunque cada uno obtendrá su parte de soluciones, y éstas no tienen por qué coincidir siempre –de hecho, casi nunca coincidirán-. La misma regla sirve para tu tataratatarabuela, para ti una desconocida innominada, y para la bisnieta de tu bisnieto, que ahora, cuando la has pensado al leer esto, cobra vida por primera vez, mucho antes de existir realmente.

A veces tratamos de comprender a nuestra familia. Queremos darle una explicación al asentamiento geográfico de nuestros antepasados, que ha condicionado nuestra ubicación en el vasto mapa planetario. Anhelamos, asimismo, llegar a la rama más alta de nuestro árbol genealógico, imaginando que las identidades perdidas entre las hojas de la secuoya nos aportarán nueva información sobre nosotros mismos. Pero ningún investigador tiene las herramientas necesarias que le acercarían al principio último de su familia. Saber que estamos condenados a habitar una familia que nos niega el acceso a su realidad íntima nos frustra un poco, hasta que nos estiramos en el sofá y el asunto pierde interés.


El universo y las familias: expansión constante, origen desconocido, futuro incierto. Pero siempre las mismas preguntas y las mismas respuestas.


domingo, 1 de febrero de 2015

Mi abuela

Mi abuela enrolla el hilo en sus bolillos con aparente actitud de no estar haciendo nada extraordinario. Agarra, con la mano izquierda, el cordel eterno; con la derecha sujeta la maderita frágil que sus dedos rechonchos van girando con inteligente pericia. De sus ojos absortos en la artesanía inconsciente no surge ningún pensamiento. 

Desde hace tiempo, mi abuela aparenta quince años menos de los que va sumando; cuando enrolla bolillos, su edad retrocede aún más, hasta la infancia, y parece una niña rebelada en un cuerpo octogenario.

Creo que es imposible que mi abuela se muera. No obstante, cuando se acatarra o coge la gripe en invierno, y me la imagino sola en su cama sobredimensionada y fría, me acobarda la idea de una partida que siempre me parecerá precoz. No imagino el deterioro físico de mi abuela, que recibió en su último cumpleaños una bicicleta nueva que fue noticia en el pueblo, así como se me hace extraña la idea del decaimiento de su mente; mi abuela cumple al pie de la letra el concepto de sabiduría, según el cual la vejez contribuye al asentamiento de las conclusiones empíricas. Mi abuela es una sabia no reconocida, una mujer que de haber estudiado más allá de la escuela, quizás habría escrito sobre filosofía práctica o habría sido pionera en el estudio de las relaciones humanas. 

Ver a mi abuela enrollando bolillos me hace pensar en la memoria de su generación, y en la de las precedentes, y en la de las que la seguirán, y que se han perdido antes de desaparecer entre las bambalinas de la Historia. La Tierra sustituye a sus habitantes con impía repetición. Los que hoy son bebés serán los moribundos de 2095. Los sabios de 2015 fueron antiguamente los niños inexpertos y olvidados por unos padres que lo sabían todo, y cuya edad superarían sus hijos con inexorable destino. Todas esas vidas serán enterradas bajo el cieno que irán acumulando sin saberlo, y ni el más avezado biógrafo será capaz de reproducirlas con la misma objetividad de la que, por otra parte, nunca disfrutaron sus protagonistas.