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sábado, 3 de enero de 2015

Mi lista de libros 2014

Gran momento en el que mi amiga María y yo decidimos comprar, en una feria cultural de Lisboa allá por el verano de 2013, un diario de lecturas. Se fosse um livro... Um livro de poesia. Depois seria um guia. Um livro de memórias. Cheio de páginas. Cheio de vida...

Ahora sé lo que he leído desde aquel momento, pero lo mejor es que de vez en cuando puedo recurrir a esa pequeña libretita negra con pinta de cuaderno de vida y refrescar mi fatídica memoria, la misma que me traiciona cuando alguien me pregunta cuál es mi película favorita, mi banda musical fetiche o el libro que más me ha marcado (para este último caso tengo ya dos respuestas prefabricadas y no reconsideradas desde que decidí pautarlas: La historia interminable, de Michael Ende, y Cien años de soledad, de García Márquez).

En fin, que gracias a aquella afortunada compra (con la que nos regalaron, ¿recuerdas?, una preciosa bolsa de la compra a tonos verdes y rojos) ahora puedo elaborar esta lista con las obras que he leído durante el año 2014. No figuran todas: faltan las abortadas y las múltiples piezas teatrales que leí durante el segundo semestre del primer curso de Interpretación en la ESAD, que no apunté por haber sido, la mayoría, absorbidas a través de la pantalla del ordenador en infames PDF, y que, por ello, no consideré "libros" por derecho propio.

Feliz 2015: año nuevo, lecturas nuevas. Que sean muchas.

ENERO

1.- Asfixia, de Chuck Palaniuk.
2.- Steve Jobs, de Walter Isaacson.
3.- La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine.
4.- Liderazgo creativo, de Robert Dilts.
5.- Diario, de Vaslav Nikinsky.

FEBRERO

6.- El americano impasible, de Graham Greene.
7.- Espectros, de Henrik Ibsen.
8.- El teatro y la improvisación, de Keith Johnstone.

MARZO

9.- El último Stanislavski, de María Knébel.
10.- Emociones expresadas, emociones superadas, de Ciara Molina.
11.- La vida es sueño, de Calderón de la Barca.

ABRIL

12.- Terror y miseria en el primer franquismo, de José Sanchis Sinisterra.
13.- Liderazgo de excelencia, de Miguel Ángel Cornejo. 

MAYO

14.- El trabajo del actor sobre sí mismo en el proceso creador de la vivencia, de Konstantin Stanislavski.

JUNIO

15.- Juego de tronos, de George R. R. Martin.

JULIO

16.- El llibre del tarquim, de Paco Baixauli.
17.- Choque de reyes I, de George R. R. Martin.

AGOSTO

18.- Frida, de Hayden Herrera.
19.- Choque de reyes II, de George R. R. Martin.
20.- La isla del tesoro, de R. L. Stevenson.
21.- Ida, de Irène Nemirovsky.

SEPTIEMBRE

22.- Siddartha, de Herman Hesse.
23.- Zen en el arte del tiro con arco, de Eugen Herrigel.
24.- El sí de las niñas, de Leandro Fernández de Moratín.
25.- Los intereses creados, de Jacinto Benavente.

OCTUBRE

26.- Yo, Pierre Rivière, habiendo degollado a mi madre, a mi hermana y a mi hermano…, de Michel Foucault.
27.- Historia de Roma, de Indro Montanelli.
28.- Don Juan Tenorio, de José Zorrilla.
29.- El método del Actors Studio. Conversaciones con Lee Strasberg, de Robert H. Hethmon.

NOVIEMBRE

30.- Bodas de sangre, de Federico García Lorca.
31.- Accidentalmente a propósito, de John Strasberg.
32.- Rojo y negro, de Stendhal.
33.- Luces de Bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán.
34.- La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca.
35.- Yerma, de Federico García Lorca.

DICIEMBRE

36.- La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro.
37.- Que la vida iba en serio, de Jaime Gil de Biedma.
38.- Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez.
39.- París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas.
40.- La libertad de Italia, de Horacio Vázquez Rial.
41.- El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.
42.- Donde habite el olvido, de Luis Cernuda.





domingo, 30 de noviembre de 2014

Soñaba yo con el Actors Studio

Vaya noche. Me la pasé soñando con el Actors Studio y sus miembros más célebres: Marlon Brando, Al Pacino, Marilyn Monroe. Me parece que incluso hice alguna práctica con alguno de ellos. También estaba por allí Lee Strasberg, el jefazo del lugar, repartiendo leña y traumatizando, uno a uno, a todos los actores que se atrevían a mostrar su pésimo trabajo introspectivo ante sus ojos. “¡Busca en tu recuerdo!”, les gritaba desde detrás de su mesa de madera de arce. “¿Cuándo fue la última vez que tuviste un gatillazo?”. El intérprete alto, moreno y musculoso lloraba encima del escenario mientras la actriz delgada, rubia y sensible lo observaba sentada en la escenografía. Lo quería consolar con un abrazo, porque ya no sabía si su compañero lloraba como personaje o como actor.

Primero me despertó un dolor tubular en el vientre, pero luego me di cuenta de que, en realidad, mi desvelo se debía al crepitar de la lluvia contra la ventana superior de mi buhardilla. Pensé que mi ordenador, situado justo debajo del cristal, corría peligro si a alguna de aquellas gotas le daba por colarse en el rincón clave y empezar a erosionar un caminito acogedor para el resto de soldados del diluvio. Me levanté de la cama con fastidio, encendí la luz y retiré el ordenador del escritorio, e hice lo propio con diversas libretas y libros susceptibles de deshacerse bajo un agua factible.

Cuando volví la cabeza hacia la cama advertí con asombro que las temidas gotas estaban haciendo su aparición por el lugar menos sospechado: el techo de encima de mi almohada. Esa cubierta de vigas de yeso a la que dedico cada noche mi última mirada me estaba traicionando, abriéndose a la invasión acuática sin consideración alguna, burlándose de mí delante de mi figura bloqueada que se preguntaba: ¿Y ahora dónde voy a dormir? La almohada estaba cambiando progresivamente de color, adoptando tonos más oscuros y otoñales a medida que la gotera del techo le otorgaba su fruto. Como era poco probable que justo en mi despertar hubiera comenzado a producirse el derramamiento sobre mi cama, me toqué la cabeza: la mata de pelo rizado que separa al mundo de mi cráneo estaba fría y húmeda; yo no había presentido el baño porque dormía bocabajo.

Horrorizada, comprobé que los libros de mi mesita de noche estaban siendo también víctimas de la gotera despiadada. Aun así, no pude evitar que me hiciera gracia ver el retrato de Stendhal semiborroso bajo una película de agua, sacrificándose cual héroe romántico por los volúmenes de Lorca y Kapuscinski que cubría con su contraportada. Deposité los tres tomos en el suelo, lejos del alcance del río que comenzaba a formarse sobre la mesita de noche, y corrí en seguida a retirar la lámpara de mesa, cuya bombilla se estaba llevando la peor parte del drama.

A esas alturas de la noche ya se había despertado mi madre, quien, metódica y despabilada aun recién despertada, me envió a la cocina a por un tupper con el que recoger mi parte de lluvia pasada por vigas y cemento. A mitad de la escalera reparé en que, por la ventana de ésta, entraba más agua con intenciones de emborronar el cuadro situado justo debajo. Llegué al piso de abajo con el cuadro entre los brazos, y lo apoyé en uno de los muebles del comedor. Subí un tupper pero no tenía la longitud adecuada y dejaba escapar más o menos la mitad de las gotas. Mi madre me mandó de nuevo abajo y traje otras dos fiambreras rectangulares para que ella eligiera la más adecuada para la situación.

Como la gotera de encima de la almohada amenazaba con convertir mi buhardilla en un lago, me fui a dormir con mi madre a su cama. En el exterior, la lluvia alargaba su dinámica violenta e intermitente. En esos momentos ya sólo me preocupaba que mi gato Dalí, que se había marchado horas antes por los tejados, estuviese resguardado bajo las tejas salientes de alguna techumbre o en la buhardilla abandonada y desastrada de la casa de al lado. Me costó un poco dormirme porque aún estaba alterada por el sueño con Lee Strasberg, pero en cuanto lo conseguí le pillé de nuevo el hilo y continué asistiendo a su lección. Ahora sus explicaciones se habían tornado en algo mucho más profundo y filosófico, tanto que mis compañeros (Brando, Pacino, Monroe) aparecían ante mí como drogados, como sumergidos en un mundo interno colmado de percepciones inalcanzables para mí, como si en mi ausencia hubieran accedido al conocimiento del verdadero sentido de la vida y éste les hubiese sobrepasado.

Cuando me desperté a las 8.45 ya hacía varias horas que Dalí había vuelto completamente seco, pero yo había mantenido mi sueño hasta que me sonó el despertador.

Ahora tengo que volver a mi cama arriesgada e imprevisible. La tengo detrás de mí y no sé cómo pedirle a su gotera que respete mis sueños actorales. ¿Qué puedo hacer?


miércoles, 15 de octubre de 2014

Ese olor a librería

La historia de mi vida estará siempre ligada a la librería París-Valencia, o mejor dicho a una de las tres que existen en la ciudad, la del Parterre. Esta París-Valencia no es una librería especialmente encantadora, ni antigua, ni tampoco la caracteriza el desorden espontáneo de las pequeñas casas de libros regentadas por ancianos de los que continúan recomendando libros una vez traspasada con creces la edad oficial de jubilación. París-Valencia es una librería corriente; desde luego no tan aséptica y compartimentada como esas franquicias libreras que van invadiendo poco a poco el continente, pero sus dimensiones son grandes y sus pasillos lo suficientemente anchos como para permitir que dos personas se crucen sin chocarse. Y sus secciones, por ejemplo, no están organizadas siguiendo una lógica continua; el teatro acaricia las portadas de los libros sobre paternidad, y la economía es vecina de la literatura infantil. A pesar de que la iluminación es potente, uno puede tropezar cada pocos metros con montañas de libros, desterrados de las estanterías por falta de espacio. Sus empleados no llevan un ridículo chaleco verde y amarillo y se acuerdan de tu nombre pese al paso de los años; apuntan tu teléfono en un pedazo de papel y te envían un mensaje al móvil para avisarte de que tu libro ha llegado, si antes no te han visto por la calle y se han parado a informarte de la entrega. París-Valencia no es un pequeño negocio familiar, o al menos ya no lo es, pero probablemente esté atravesando por las mismas dificultades que cualquier librería que no lleve por nombre FNAC o Casa del Libro, en esta época en la que las ediciones más cuidadas se sustituyen sin pudor alguno por fríos documentos electrónicos que simulan libros, ahora que preferimos tocar el plástico oscuro de un aparato electrónico a pasar las frágiles pero resistentes páginas de esos compañeros que conforman universos individuales y apetecibles.

Yo no sé de dónde me viene la afición lectora. Aunque mis padres son lectores entrenados y críticos, no confío mucho en que las preferencias culturales y de entretenimiento estén impresas en los genes. Pero sin duda creo que influyó que, desde pequeña, me acostumbrara a que los estantes de nuestro salón rebosaran libros, a tener que reestructurar su disposición cada vez que un nuevo ejemplar entraba en casa para poder encajarlo entre otras dos piezas, como si intentáramos hacer arquitectura con las palabras encuadernadas. A mí me encantaba hojear todos esos libros "para mayores" de mis padres e intentar descifrar su contenido, desistiendo, claro, a los pocos segundos. Recuerdo que, en una ocasión, imprimí de mi puño y letra palabras al azar en el libro que mi madre tenía en su mesita de noche, como si aquello fuera un diccionario en vez de una novela y yo quisiera enriquecerlo con mi vocabulario particular. De pequeña leía con ansia, libro tras libro, y ellos eran los mejores regalos que podían hacerme. Finiquitaba al menos una vez al año las tiras completas del "Todo Mafalda" que me compraron mis padres, aunque no entendía los chistes políticos y se me escapaba el significado de términos como "burocracia", nombre con el que aquella niña espabilada bautizó a su tortuga.

Mis padres abrieron, hace 17 años, una cafetería situada a dos minutos andando de la librería París-Valencia. Yo tenía entonces siete años. Algunos días que pasaba por el negocio (ya fuera para visitar a mi madre, que trabajaba y continúa trabajando allí, o para quedarme un buen rato porque en algún sitio tendrían que dejarme), alguien me acompañaba a París-Valencia y yo permanecía en el local hasta que volvían a recogerme. Recuerdo el proceso como sigue: nada más entrar, me dirigía a la sección de libros infantiles y me sentaba pegadita al módulo que los recogía, con el vuelo del vestido cubriendo mis rodillas flexionadas hacia los lados. Entonces empezaba a sacar libros de las estanterías: escogía los que me parecían más interesantes o llamativos, construía una torre con ellos y husmeaba entre sus hojas. Los que tenían menos texto y más ilustraciones me los acababa allí mismo. Algunos los leía en varias sesiones, y había otros que mis padres me permitían comprar. Yo sabía que me harían elegir un solo libro, y los momentos de la decisión final eran arduos, extensos y preñados de cavilaciones. Quizá de aquella época proceda mi dificultad para tomar decisiones rápidas y exentas de toda espontaneidad.

Así podía permanecer horas y horas. Quizá exagere, porque la percepción del tiempo es más dilatada en los niños, pero aun así yo recuerdo esas tardes de sábado como momentos de pura atención y presencia en el aquí y ahora. Los trabajadores de París-Valencia, muchos de los cuales aún continúan allí, me conocían y me permitían convertir su librería en una biblioteca. Cuando crecí un poco más, mis padres me permitieron desplazarme sola desde la cafetería hasta París-Valencia. Y la línea se repetía: entraba, saludaba a Silvia si la veía, ocupaba mi trozo de suelo y leía, observaba, admiraba aquellas páginas que aun hoy continúan otorgándome esa sensación de vida en flor y de historias, tantas historias que nunca podré conocerlas todas.

Ahora ya no visito tanto París-Valencia. A veces camino sola por el centro de la ciudad, o visito la cafetería de mi madre a la que entro y de la que salgo sin que nadie me tome de la mano, y me paso por allí. Puede que busque algún libro en concreto; puede que sólo quiera investigar, adentrarme en títulos que desconozco y en ediciones que me conquistan con su estética pero me espantan por su precio. En ocasiones no quiero nada en especial y salgo de allí con varios libros en la mochila. Los días en que tengo ratos libres y me encuentro cerca tengo que evitar la tentación de entrar en la librería, porque sé que los veinte euros que llevo en la cartera no cruzarán conmigo la puerta de salida. 

Hoy he estado allí poco antes de que cerrasen. Buscaba un libro de Stanislavski que no tenían. Me lo han encargado, apuntando mi teléfono en la acostumbrada hojita de papel. "¿Se lo acerco a tu madre cuando llegue?". De acuerdo. Como ése no estaba, he pecado y me he llevado otro. Total, se trataba de una edición barata y con una traducción de calidad, y, aunque ya no soy una niña que lee en los pasillos, todavía me hacen descuento. Al salir me he dejado seducir por portadas, por autores que no me suenan de nada, por biografías que ansío leer y por ediciones de bolsillo tan humildes y a la vez sumamente cuidadas. Pero no me he llevado nada más, excepto ese olor a librería que no es antigua, ni es intrínsecamente especial, ni tampoco encandila al público general con su esencia; ese olor que me ha golpeado cuando estaba a punto de salir, haciéndome sentirme niña de nuevo, intensificando el amor a la palabra, a los libros pulcramente editados, pero también a las publicaciones antiguas a las que se les desprende el lomo y que, aun así, resisten gracias a la fuerza delicada de sus costuras.