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lunes, 9 de febrero de 2015

Actores y periodistas

Delante había una mentira comprensible, y detrás una verdad incomprensible. (Milan Kundera) 

Las dos profesiones para cuyo desempeño me he formado o estoy formándome son la de periodista y la de actriz. Ambas, curiosamente, bien consideradas a priori, pero apestadas si rascamos un poco y escuchamos lo que la opinión pública tiene que decir sobre ellas.

La vocación del periodista, en un principio, es narrar una versión lo más objetiva posible de los hechos; debería ser algo así como un pintor hiperrealista, un descriptor implacable y honesto del entorno en el que habita. Esta idea del periodista es la que navega sobre las olas del inconsciente colectivo, al menos, creo yo, en España. Sin embargo, todo cambia cuando somos preguntados a viva voz por nuestra concepción de los periodistas. Si hiciéramos un recuento de los adjetivos más utilizados para definirlos, probablemente ganarían "manipuladores" y "mentirosos". Y la verdad es que no irían desencaminados: los referentes periodísticos que tenemos más a mano pecan, ya sea de forma habitual o de vez en cuando, ya lo hagan tirando a las izquierdas o a las derechas, de falta de objetividad, de desmesurada opinión desubicada y de tergiversación de datos.

El estudiante de Periodismo entra en la facultad queriendo cambiar el mundo a través de sus palabras y la abandona, casi siempre, con la firme convicción de que su misión de partida era ingenua y poco realista. Acepta que deberá venderse al mejor postor, aunque para ello se vea obligado a atropellar los mismos valores que le motivaron a estudiar para ejercer "el oficio más bonito del mundo", como dijo Gabriel García Márquez (quien, mucho antes que escritor, fue periodista).

El periodismo está mal considerado pero no por equivocación del pueblo, sino por pura incompetencia de quienes lo ejercen. Y nosotros, pueblo, consentimos el engaño. Se nos llevan los demonios los dos primeros telediarios en que notamos el descenso en la profesionalidad de TVE, y bramamos que no hay derecho a que nos engañen de forma tan flagrante, y vislumbramos el fantasma de Urdaci, y echamos de menos que nos hablen más de cultura. Pero en seguida nos acostumbramos, y nos acostumbramos, también, a que el periodista sea un manipulador y un mentiroso. Lo damos por hecho.

La vocación del actor no sé cuál es. Creo que es la misma que la de toda persona que ve en cualquier expresión artística su manera de darse al mundo: al final, el actor quiere brindar al público una versión de unos hechos, que previamente él ha debido comprender, asimilar e interpretar según su bagaje y filosofía vital y artística. Pero, aunque esos hechos se subjetivicen durante este proceso, en la función el actor acerca a la platea una verdad humana, una realidad prístina y casi tangible para quien está dispuesto a abrir su alma y dejarla entrar.

Lo mismo creo que sucede con los que pintan, con los que escriben, con los que componen música: depositan en su medio -sea un lienzo, sea un papel o una partitura- una realidad que compartimos todos los seres humanos, pero en vez de cederla a los demás desnuda y sencilla, la revisten de palabras, pinturas o notas musicales, la dotan de un lenguaje que transforma su superficie, pero que deja intacta su esencia. Los actores, y los artistas en general, hacen lo contrario que el mal periodista, quien, disimulando al máximo los retoques superficiales, consigue que le compremos la esencia rota y desvirtuada.

Los actores, a pesar de su sagrada y honesta misión, en ese inconsciente colectivo siguen siendo considerados, a mi entender, vil calaña de la que es mejor mantenerse lejos. Igual que el buen periodista ha de pagar los desmanes del periodista traicionero, el actor dedicado y riguroso ve mermada su reputación por el faranduleo comercial de la profesión, que, al final, es lo que trasciende gracias a los medios regidos por empresarios oportunistas del sector de la comunicación -y sus secuaces periodistas vendidos-. Claro que en ese escaparate del cine y de la televisión -y, en menor medida, del teatro por gozar éste de una menor popularidad mediática- se muestran enormes profesionales, pero la exposición intrínseca del sector de los actores hace que la parte se confunda con el todo y, al final, un mal actor popular eclipsa a todos los buenos que trabajan día a día por evolucionar en su oficio (también considerado el más bonito del mundo por la recientemente fallecida actriz Amparo Baró).

Los periodistas y los actores tienen bastantes aspectos en común. Uno de ellos alberga especial importancia: su trabajo está concebido para ser consumido por el público. Los periodistas y los actores comunican y expresan. Unos, noticias reales; los otros, emociones e historias ficticias, aunque a veces destilen más realidad que las verdaderas. Y existe una gran masa de terceros que compra esa comunicación. La primera profesión se ha inmolado a base de mentiras y manipulaciones descaradas; la segunda ha pagado siempre muy caro el precio del desconocimiento que, por lo general, existe del minucioso trabajo artesano que se esconde tras cada papel, grande o pequeño. Los periodistas han cavado su propia tumba; los actores nacieron en ella y se han pasado la vida tratando de abandonarla sin el respaldo ni del poder político, ni de la educación, ni de los propios periodistas.

Por todo esto los actores y los periodistas son colectivos cuyos miembros no se cansan de darse premios los unos a los otros. De alguna manera, aunque sea interna, han de convencerse de que no lo están haciendo tan mal.







sábado, 24 de enero de 2015

Tórtolas

¿Y si yo quisiera ser engañado? ("Veraneantes", Máximo Gorki)


No había razones para esto, pero de todos modos sucedió. Un día –día desplumado, feliz y triste, muy espeso como la salsa de los restaurantes chinos- el cerco se abre y escupe un abigarrado bloque de desechos. 

Yo no sabía que aquí dentro tenía todo esto. Tedio. Escarnio. Furia sin dirección, furia que todo llena y amplía. El asidero no era el correcto; la lectura no era la recomendable -¿o sí?-. Existían unos planes que evidenciaron su futilidad cuando finalizaron las obligaciones precedentes. Ah, pero yo supe desde el principio que aquellos sueños se acimentaban sobre cadenas de musgo, sabía que los soportaban silencios espolvoreados de intención estratega demasiado calculada. 

Aquí vive la jugadora número dos, la que adivinó el teatro y aun así participó en su puesta en escena. ¿Es por esto que me dicen que soy inteligente? ¿Porque intuyo inconscientemente la falsedad de lo que va a llegar sin remedio? ¿Porque acepto con alegría ser engañada?

Defraudo a propósito unas expectativas que hacían equilibrios sobre un palillo mondadientes. Me río de ellas desde estas letras que se anulan a sí mismas a medida que son escritas por mis dedos estériles. Acabo con la poca esperanza que quedaba para liberar al palomo cojo de la jaula desde la que examina a las tórtolas. Despejo su raíl de viento desbocado y me giro para no ver cómo pasa revista a otras aves que siempre serán más tontas que yo.

Escribo porque mi raíz ahora está candente y ruega ser descrita. Tengo pinzado el telón con unas uñas que no me corté en varias semanas. Pero es fin de semana y por fin ha llegado el día de mi descanso.


sábado, 3 de enero de 2015

Mi lista de libros 2014

Gran momento en el que mi amiga María y yo decidimos comprar, en una feria cultural de Lisboa allá por el verano de 2013, un diario de lecturas. Se fosse um livro... Um livro de poesia. Depois seria um guia. Um livro de memórias. Cheio de páginas. Cheio de vida...

Ahora sé lo que he leído desde aquel momento, pero lo mejor es que de vez en cuando puedo recurrir a esa pequeña libretita negra con pinta de cuaderno de vida y refrescar mi fatídica memoria, la misma que me traiciona cuando alguien me pregunta cuál es mi película favorita, mi banda musical fetiche o el libro que más me ha marcado (para este último caso tengo ya dos respuestas prefabricadas y no reconsideradas desde que decidí pautarlas: La historia interminable, de Michael Ende, y Cien años de soledad, de García Márquez).

En fin, que gracias a aquella afortunada compra (con la que nos regalaron, ¿recuerdas?, una preciosa bolsa de la compra a tonos verdes y rojos) ahora puedo elaborar esta lista con las obras que he leído durante el año 2014. No figuran todas: faltan las abortadas y las múltiples piezas teatrales que leí durante el segundo semestre del primer curso de Interpretación en la ESAD, que no apunté por haber sido, la mayoría, absorbidas a través de la pantalla del ordenador en infames PDF, y que, por ello, no consideré "libros" por derecho propio.

Feliz 2015: año nuevo, lecturas nuevas. Que sean muchas.

ENERO

1.- Asfixia, de Chuck Palaniuk.
2.- Steve Jobs, de Walter Isaacson.
3.- La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine.
4.- Liderazgo creativo, de Robert Dilts.
5.- Diario, de Vaslav Nikinsky.

FEBRERO

6.- El americano impasible, de Graham Greene.
7.- Espectros, de Henrik Ibsen.
8.- El teatro y la improvisación, de Keith Johnstone.

MARZO

9.- El último Stanislavski, de María Knébel.
10.- Emociones expresadas, emociones superadas, de Ciara Molina.
11.- La vida es sueño, de Calderón de la Barca.

ABRIL

12.- Terror y miseria en el primer franquismo, de José Sanchis Sinisterra.
13.- Liderazgo de excelencia, de Miguel Ángel Cornejo. 

MAYO

14.- El trabajo del actor sobre sí mismo en el proceso creador de la vivencia, de Konstantin Stanislavski.

JUNIO

15.- Juego de tronos, de George R. R. Martin.

JULIO

16.- El llibre del tarquim, de Paco Baixauli.
17.- Choque de reyes I, de George R. R. Martin.

AGOSTO

18.- Frida, de Hayden Herrera.
19.- Choque de reyes II, de George R. R. Martin.
20.- La isla del tesoro, de R. L. Stevenson.
21.- Ida, de Irène Nemirovsky.

SEPTIEMBRE

22.- Siddartha, de Herman Hesse.
23.- Zen en el arte del tiro con arco, de Eugen Herrigel.
24.- El sí de las niñas, de Leandro Fernández de Moratín.
25.- Los intereses creados, de Jacinto Benavente.

OCTUBRE

26.- Yo, Pierre Rivière, habiendo degollado a mi madre, a mi hermana y a mi hermano…, de Michel Foucault.
27.- Historia de Roma, de Indro Montanelli.
28.- Don Juan Tenorio, de José Zorrilla.
29.- El método del Actors Studio. Conversaciones con Lee Strasberg, de Robert H. Hethmon.

NOVIEMBRE

30.- Bodas de sangre, de Federico García Lorca.
31.- Accidentalmente a propósito, de John Strasberg.
32.- Rojo y negro, de Stendhal.
33.- Luces de Bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán.
34.- La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca.
35.- Yerma, de Federico García Lorca.

DICIEMBRE

36.- La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro.
37.- Que la vida iba en serio, de Jaime Gil de Biedma.
38.- Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez.
39.- París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas.
40.- La libertad de Italia, de Horacio Vázquez Rial.
41.- El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.
42.- Donde habite el olvido, de Luis Cernuda.





domingo, 30 de noviembre de 2014

Soñaba yo con el Actors Studio

Vaya noche. Me la pasé soñando con el Actors Studio y sus miembros más célebres: Marlon Brando, Al Pacino, Marilyn Monroe. Me parece que incluso hice alguna práctica con alguno de ellos. También estaba por allí Lee Strasberg, el jefazo del lugar, repartiendo leña y traumatizando, uno a uno, a todos los actores que se atrevían a mostrar su pésimo trabajo introspectivo ante sus ojos. “¡Busca en tu recuerdo!”, les gritaba desde detrás de su mesa de madera de arce. “¿Cuándo fue la última vez que tuviste un gatillazo?”. El intérprete alto, moreno y musculoso lloraba encima del escenario mientras la actriz delgada, rubia y sensible lo observaba sentada en la escenografía. Lo quería consolar con un abrazo, porque ya no sabía si su compañero lloraba como personaje o como actor.

Primero me despertó un dolor tubular en el vientre, pero luego me di cuenta de que, en realidad, mi desvelo se debía al crepitar de la lluvia contra la ventana superior de mi buhardilla. Pensé que mi ordenador, situado justo debajo del cristal, corría peligro si a alguna de aquellas gotas le daba por colarse en el rincón clave y empezar a erosionar un caminito acogedor para el resto de soldados del diluvio. Me levanté de la cama con fastidio, encendí la luz y retiré el ordenador del escritorio, e hice lo propio con diversas libretas y libros susceptibles de deshacerse bajo un agua factible.

Cuando volví la cabeza hacia la cama advertí con asombro que las temidas gotas estaban haciendo su aparición por el lugar menos sospechado: el techo de encima de mi almohada. Esa cubierta de vigas de yeso a la que dedico cada noche mi última mirada me estaba traicionando, abriéndose a la invasión acuática sin consideración alguna, burlándose de mí delante de mi figura bloqueada que se preguntaba: ¿Y ahora dónde voy a dormir? La almohada estaba cambiando progresivamente de color, adoptando tonos más oscuros y otoñales a medida que la gotera del techo le otorgaba su fruto. Como era poco probable que justo en mi despertar hubiera comenzado a producirse el derramamiento sobre mi cama, me toqué la cabeza: la mata de pelo rizado que separa al mundo de mi cráneo estaba fría y húmeda; yo no había presentido el baño porque dormía bocabajo.

Horrorizada, comprobé que los libros de mi mesita de noche estaban siendo también víctimas de la gotera despiadada. Aun así, no pude evitar que me hiciera gracia ver el retrato de Stendhal semiborroso bajo una película de agua, sacrificándose cual héroe romántico por los volúmenes de Lorca y Kapuscinski que cubría con su contraportada. Deposité los tres tomos en el suelo, lejos del alcance del río que comenzaba a formarse sobre la mesita de noche, y corrí en seguida a retirar la lámpara de mesa, cuya bombilla se estaba llevando la peor parte del drama.

A esas alturas de la noche ya se había despertado mi madre, quien, metódica y despabilada aun recién despertada, me envió a la cocina a por un tupper con el que recoger mi parte de lluvia pasada por vigas y cemento. A mitad de la escalera reparé en que, por la ventana de ésta, entraba más agua con intenciones de emborronar el cuadro situado justo debajo. Llegué al piso de abajo con el cuadro entre los brazos, y lo apoyé en uno de los muebles del comedor. Subí un tupper pero no tenía la longitud adecuada y dejaba escapar más o menos la mitad de las gotas. Mi madre me mandó de nuevo abajo y traje otras dos fiambreras rectangulares para que ella eligiera la más adecuada para la situación.

Como la gotera de encima de la almohada amenazaba con convertir mi buhardilla en un lago, me fui a dormir con mi madre a su cama. En el exterior, la lluvia alargaba su dinámica violenta e intermitente. En esos momentos ya sólo me preocupaba que mi gato Dalí, que se había marchado horas antes por los tejados, estuviese resguardado bajo las tejas salientes de alguna techumbre o en la buhardilla abandonada y desastrada de la casa de al lado. Me costó un poco dormirme porque aún estaba alterada por el sueño con Lee Strasberg, pero en cuanto lo conseguí le pillé de nuevo el hilo y continué asistiendo a su lección. Ahora sus explicaciones se habían tornado en algo mucho más profundo y filosófico, tanto que mis compañeros (Brando, Pacino, Monroe) aparecían ante mí como drogados, como sumergidos en un mundo interno colmado de percepciones inalcanzables para mí, como si en mi ausencia hubieran accedido al conocimiento del verdadero sentido de la vida y éste les hubiese sobrepasado.

Cuando me desperté a las 8.45 ya hacía varias horas que Dalí había vuelto completamente seco, pero yo había mantenido mi sueño hasta que me sonó el despertador.

Ahora tengo que volver a mi cama arriesgada e imprevisible. La tengo detrás de mí y no sé cómo pedirle a su gotera que respete mis sueños actorales. ¿Qué puedo hacer?


jueves, 20 de noviembre de 2014

Una máquina de café que habla

“TE QUIERO”, decían las letras punteadas de la máquina de café.

Tenía que estar en clase en menos de dos minutos. El té de la máquina era agua densa y dulce como caramelos de cabalgata; su sabor le encogía las venas y dilataba sus pupilas. Aun así, introdujo los cuarenta y cinco céntimos en la ranura, apretó el botón y fijó su mirada lejana en el contador que indicaba el transcurso del proceso, expresamente creado para mantener controlada la ansiedad del consumidor impaciente.

La palabra “TE” apareció en la pantalla. La repetición del gesto le había hecho obviar la ausencia de la tilde. Mientras las rayitas negras aparecían una detrás de la otra, su mente se separaba del presente y anticipaba la lección de las dos próximas horas. Lo primero que haría sería dejar el vaso desechable en la estantería que un día había aparecido al lado de la cara exterior de la puerta del aula; luego se desabrocharía las botas y se quitaría los calcetines, dejándolo todo fuera, intentando que allí quedaran también sus miedos, sus dudas recurrentes, las obsesiones que la distanciaban de una “yo” que se sabía, aunque no la desconociera aún; volvería entonces a tomar el vasito humeante, rozando el borde plegado sobre sí mismo con el índice y el pulgar de la mano izquierda, y con la derecha giraría el pomo que se interponía entre ella y ella en el arte.

Todo esto calculaba con un pensamiento veloz y cosido de imágenes rutinarias, familiares. No vio realmente la pantalla de la máquina de café hasta que la letra “T”, como empujada por una caricia invisible, se desplazó a la izquierda, arrastrando con ella a la “E”, primero un puesto, después otro, así hasta que, del lado derecho del rectángulo, comenzaron a surgir letras nuevas, la Q, la U, la I, y tras ellas la E, la R, la O, una O abierta, sin punto final.

Aquellas letras inéditas acabaron de asentarse en aquel paisaje artificial verde fluorescente y, tras dos segundos y un pitido agudo que indicaba que el falso té estaba preparado, desaparecieron. Ella, que había descruzado las piernas y había devuelto la vida a su mirada de viernes, no llevó la mano hacia el dispensador, sino que la estampó en el lateral de la máquina; golpeándola con una mezcla de rabia y esperanza le ordenó que le devolviera aquellas letras sacrificadas demasiado pronto. “PULSE UN BOTÓN”, le respondía el aparato con obstinación, indiferente a la violencia que ella le propinaba.

Indignada, rebuscó en su cartera una moneda de cincuenta con la que comprar otras dos palabras. La encontró, se le cayó al suelo, la recogió temblorosa y se la cedió al objeto deshumanizado con el que había decidido discutir. Ya no llegaría a esa última clase. Ya no participaría de conversaciones abstractas con aura de trascendencia imprescindible; no escucharía palabras dichas por voces reales, pero casi nunca visibles; voces sin peso, sin textura, arrojadas al aire sin premeditación ni freno.

De nuevo pulsó el botón y miró a la pantalla, esta vez invadida por una impaciencia que la progresión de rayitas no curaba y que, es más, acentuaba a medida que su avance reducía las posibilidades de aparición de las letras anheladas. Pero, cuando veinte de los veinticinco palitos que un día se había molestado en contar se habían fijado en aquella superficie virtual, el mensaje comenzó a trasladarse de nuevo hacia la izquierda. Sus manos se colocaron con un impulso tenso en las orillas de la máquina, apretándola como si, al exprimirla, pudiera extraer letras de ella. Surgió una E, una S, una P, una E, y, mientras, el contador avanzaba, y con la R y la O se repitió el desenlace: tras un par de segundos y otro té, las palabras se hundieron en la pantalla, dejando su espectro palpitando en los ojos de ella.


Se olvidó de los cinco céntimos de sobra y de los vasitos de plástico color chocolate y, subiendo los escalones de dos en dos, corrió hacia el aula de interpretación. 


miércoles, 5 de noviembre de 2014

La cuerda floja del arte


Impulso y control. Impulso o control. ¿Impulso contra control?

Escribía yo sobre los verdaderos escritores. Desde hacía unos días retorcía con obsesión aquella idea de que uno sólo puede escribir sobre sí mismo si quiere que haya verdad. “Verdad” es un concepto que se utiliza muchísimo en arte dramático: “tiene que haber verdad”, “tenéis que crear verdad”, “allí no se respiraba verdad”. En una de las primeras clases de este curso hablábamos del equilibrio, parecido al de una cuerda floja, que en teatro existe entre la mentira y la verdad. Un compañero de clase dibujó cada una de estas palabras en sendos extremos de un palo del tamaño del de una escoba que empleamos para entrenar en una asignatura. Cada vez que lo veo recuerdo la eterna disyuntiva con la que debemos convivir quienes pretendemos crear arte, cualquiera que sea el ámbito escogido para ello.

El lunes asimilé lo de escribir sobre uno mismo. Llevaba días escribiendo sobre un niño al que no conocía de nada y que apenas guardaba una inapreciable semejanza conmigo. El relato se estaba convirtiendo en algo tedioso, en una espiral de dramatismo carente de orificios por los que respirar contrastes. La verdad es que hacía varias jornadas que no escribía, porque no sentía nada por aquel personaje inventado que me estaba empezando a caer mal.

Había estado el fin de semana leyendo a Lorca. El lunes leí por obligación a Almudena Grandes, cuyo estilo, perdonadme, no soporto, y por relaciones de diferencia lo comprendí: si la escritura no sale directamente de las vísceras, si no traspasa implacablemente los órganos para abrirse paso hasta el papel, si no duele ni agujerea las entrañas… si el lector no percibe que el escritor se ha abierto en canal para volcar lo más íntimo, lo más vergonzoso, lo más infantil, lo más relacionado con su mundo interno y con su imaginación más original, entonces no se trata de verdadera literatura. “Verdadera” por verdad; la misma verdad de la que habla el teatro.

Esa misma noche escribí un relato tan verdadero que no puedo mostrarlo, porque dolería a algunos.

Y pensé en la relación de la verdad de la escritura con la verdad del teatro. Me llevé los pensamientos a la mesa, a la cama, al coche del día siguiente, a las clases. En la de acrobacia, el profesor nos habló de la relación entre el cuerpo y la mente, tan corrompida en la sociedad occidental. Nos hizo hablar mientras improvisábamos movimientos, y no podíamos sino caer en la repetición más burda. En la mayoría de nosotros la mente va por un camino y el cuerpo recorre otro; es así durante las 24 horas de cada día. Cuando conectamos ambos, dijo, es cuando se genera el impulso creativo.

Verdad. Mentira. Impulso. Arte. Creación.

Relacioné aquello con mis pensamientos recién eclosionados. Un escritor puede morir sin haber llegado a la conexión cuerpo-mente, instinto-razón, impulso-reflexión. Un escritor puede morir sin haber escrito nada que haya partido realmente de sí mismo. Un escritor no tiene por qué saber que esos canales entre su cuerpo y su mente están congestionados; ni siquiera tiene por qué conocer la existencia de los mismos.

Un actor descubre esta difícil realidad cuando se enfrenta al público en una obra amateur o al ingresar en una escuela de arte dramático en la que, día a día, es su propio enemigo. Es una suerte, de todos modos. 

En la tarde de ayer, el mismo profesor que nos habló de la cuerda floja nos repartió quince papelitos, uno a cada alumno de la clase. En cada recorte estaba escrito un fragmento del Manifiesto Futurista. Coged un objeto, nos dijo, el que queráis, y ocupad todo el espacio. Cada uno irá leyendo su parte, deconstruyendo el texto, por orden; las partes están numeradas. Los demás sólo debéis reaccionar a lo que estéis escuchando y a lo que suceda en el momento, teniendo a vuestro objeto en cuenta. Podéis interactuar. ¿No hay límites?, preguntó alguien. No hay límites, respondió el profesor.

Estuvimos una hora, o más –no tengo la certeza, porque hubo un momento en que perdí de vista la dimensión espaciotemporal-, saltando, gritando, a veces queriéndonos, otras odiándonos; algunos se pegaban, otros reían o lloraban, pasando de una emoción a otra con una facilidad extrahumana. Formábamos un maremágnum de cuerpos extasiados inmersos en la pura acción-reacción; éramos seres animales tomados por impulsos multidireccionales y aparentemente arbitrarios que decidían explotar después de mucho tiempo contenidos.

La descripción de la experiencia no consigue encerrar el alma de lo allí vivido.

Hoy, en una práctica con una compañera, sentía impulsos: quería pegarle, quería poner mi cara a un dedo de la suya y gritarle y escupirle; quería tumbarla e inmovilizarla; deseaba insultarla y ponerle mi peor cara de odio. En lugar de hacer todo eso, contuve los impulsos. Luego me quedé pensando en ello.

Todo eso tiene que ver con la verdad teatral y con la verdadera literatura.

Obedecer impulsos internos es complicado para alguien que lleva más de media vida controlando lo que dice, lo que come, lo que siente y lo que hace. Gracias a Lorca, gracias al futurismo, gracias a mi compañera de escena, gracias a quien me habló de la verdad literaria y gracias, incluso, a Almudena Grandes, descubro que debo distanciarme del control para empezar, de una manera comprometida, a abrir la comunicación cuerpo-mente para que los impulsos más esenciales se canalicen y salgan al exterior. El impulso es la verdad; el control es la ficción. En literatura, en teatro; la cuerda floja del arte.