Mostrando entradas con la etiqueta infancia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta infancia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de mayo de 2015

Crecer

Cuando era pequeña contemplaba el mundo de los adultos con admiración y anhelo. Me llamaba la atención la manera en que se organizaba y lograba cuadrar cada cabo suelto; también su impecabilidad, el control de cada movimiento y detalle. Todos sus miembros me parecían dignos de respeto porque habían vivido 20 o 30 años más que yo, y aparentaban esa vejez relativa; me parecía que su edad conllevaba necesariamente sabiduría, prudencia y una elegante honestidad.

Así era, en verdad, hasta hace poco; hasta que yo misma comencé a comprender que ya soy adulta y que mi adhesión a ese admirable parapeto no podía ser postergada durante más tiempo. La sabiduría que me había asombrado se convirtió en una disimulada ignorancia; la prudencia, en medrosa inacción; la honestidad tan elegante, en falsedad bien maquillada. Comprendí que mi frágil realidad adulta no distaba del resto de vidas de más de 25 años; como yo, la totalidad de individuos adultos conservan miedos, dudas, incongruencias y pudores inconfesables.

Por tanto, si son los adultos los que construyen y sostienen el mundo con sus esfuerzos, significa que éste está edificado sobre esos mismos miedos, dudas, incongruencias y pudores.

El mundo seguro y controlado de mi infancia, pues, ha sido derribado. Ahora yo también soy cómplice de la farsa adulta.


viernes, 6 de marzo de 2015

Madre gitana

Cercana a las vías del tren tardío
Canta una madre gitana.
Canta, con voz ronca y dorada,
Canta a un niño que aún no llora.

Le relata una nana que sólo ellos conocen,
Una nana de dos vocales
Y una consonante.
Las letras suben y bajan por una escalera invisible
De peldaños que se quiebran
Y después se reconstruyen.

El niño no llora.
Su madre le canta.

La hija y la hermana
Escucha la canción en el monopatín que conduce.
Su pequeño pie de cera
Acaricia las baldosas que nadie ha visto nunca.
La niña canta, también,
Y su voz presagia su vida de arena
Y pintura desconchada.
La segunda vocal de su madre
Canta por ella.

La madre gitana, el niño y la niña
Se adentran en lo oscuro del andén lejano.
Ellas cantan a la trampa del aire;
Él no tiene un llanto que ofrecerles.

Terminan límites nunca antes explorados.
La niña regresa,
Amparada por una cuna compasiva,
Generosa con los miedos más fatales
De los que esperan.
Detrás de ella,
Su madre canta
A un niño que ya llora.



domingo, 9 de noviembre de 2014

Mi casa

Hoy he mirado mi casa desde abajo, desde la calle, y me ha parecido más pequeña que nunca.

Estaba sacando a mi perro, aunque esta forma de decirlo sea algo imprecisa, puesto que nos separaban muchos metros y varias calles. Vivo delante de un descampado reconvertido en párking, más allá del cual se extienden, horizontales, las vías del tren. Mientras mi perro corría como sólo puede correr los domingos -libre, joven, veloz-, yo me he apoyado en la tapia que separa mi calle de los aparcamientos y, accidentalmente, mis ojos han reparado en mi casa.


La he visto menguada, achatada. He intentado, con un esfuerzo directamente sacado de la memoria, estirarla, hacerla llegar un poco más alto. Se me ha ocurrido que, de tanto mirar al suelo, ahora me costaba apreciar las verdaderas dimensiones de una gran construcción. He esperado para ver si mi mirada se habituaba a la nueva dirección que adoptaban mis sienes y mi nuca, pero todo ha continuado igual.

Ésta es la casa en la que yo he vivido desde que nací. De ella sé lo justo, como que la construyó mi tatarabuelo, que la bañó el Modernismo y que un hombre murió en ella antes de llegar mis padres. Más o menos en la mitad de mi vida ellos restauraron la fachada, que ahora contrasta con la dejadez de la casa vecina, simétrica a la mía en estructura, pero en nada más. 

Cuando era niña acostumbraba a jugar en mi trozo de calle con mis amigas. Con Eulalia hacía collares y luego intentábamos venderlos a los transeúntes que volvían cargados de Mercadona. Anna y yo nos lanzábamos un muñeco al aire como si fuese una pelota. La puerta de mi casa siempre estaba abierta; no temía que mi gata de entonces, Cleta, que sufría un terror enfermizo por el exterior, se escapase.

A veces, durante esos atardeceres de verano que conceden un generoso respiro al poniente, salía a uno de los balcones del primer piso a tocar el violoncello. Allí sólo podía colocar la mitad de mi cuerpo y un trozo del instrumento, y además tenía que tocar piezas que me supiera de memoria, pues no había espacio para el atril.

En una de las dos ventanas del último piso abuhardillado habito ahora. La otra no se ha abierto en 24 años, impedida como está por un armario de cuatro de baño. Esa ventana es como el ojo ciego de mi casa.

Mirando al límite entre mi casa y el cielo pensaba esta mañana que aquello parece una terraza, porque el tejado, que sólo comienza a inclinarse un par de metros más lejos, es invisible desde la calle. Grapando el ángulo formado por el choque entre fachada y tejado he descubierto un motivo floral, una especie de hoja de parra que se asoma allí arriba, burlando la percepción de hasta quienes creen conocer bien su propia morada.

La casa me parecía tan pequeña. Me he alejado para contemplarla desde el párking, esperando que sus márgenes se despedazaran y que su magnitud no encontrara bloqueos a la expansión. Pero cuanto más lejos me iba, menor parecía mi casa.

Mi perro, que no existía cuando mi casa aún era grande, ha llegado corriendo por una calle del norte, y, dejando al frío fuera, hemos traspasado de nuevo el pórtico. Mi casa ha quedado fuera.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Ese olor a librería

La historia de mi vida estará siempre ligada a la librería París-Valencia, o mejor dicho a una de las tres que existen en la ciudad, la del Parterre. Esta París-Valencia no es una librería especialmente encantadora, ni antigua, ni tampoco la caracteriza el desorden espontáneo de las pequeñas casas de libros regentadas por ancianos de los que continúan recomendando libros una vez traspasada con creces la edad oficial de jubilación. París-Valencia es una librería corriente; desde luego no tan aséptica y compartimentada como esas franquicias libreras que van invadiendo poco a poco el continente, pero sus dimensiones son grandes y sus pasillos lo suficientemente anchos como para permitir que dos personas se crucen sin chocarse. Y sus secciones, por ejemplo, no están organizadas siguiendo una lógica continua; el teatro acaricia las portadas de los libros sobre paternidad, y la economía es vecina de la literatura infantil. A pesar de que la iluminación es potente, uno puede tropezar cada pocos metros con montañas de libros, desterrados de las estanterías por falta de espacio. Sus empleados no llevan un ridículo chaleco verde y amarillo y se acuerdan de tu nombre pese al paso de los años; apuntan tu teléfono en un pedazo de papel y te envían un mensaje al móvil para avisarte de que tu libro ha llegado, si antes no te han visto por la calle y se han parado a informarte de la entrega. París-Valencia no es un pequeño negocio familiar, o al menos ya no lo es, pero probablemente esté atravesando por las mismas dificultades que cualquier librería que no lleve por nombre FNAC o Casa del Libro, en esta época en la que las ediciones más cuidadas se sustituyen sin pudor alguno por fríos documentos electrónicos que simulan libros, ahora que preferimos tocar el plástico oscuro de un aparato electrónico a pasar las frágiles pero resistentes páginas de esos compañeros que conforman universos individuales y apetecibles.

Yo no sé de dónde me viene la afición lectora. Aunque mis padres son lectores entrenados y críticos, no confío mucho en que las preferencias culturales y de entretenimiento estén impresas en los genes. Pero sin duda creo que influyó que, desde pequeña, me acostumbrara a que los estantes de nuestro salón rebosaran libros, a tener que reestructurar su disposición cada vez que un nuevo ejemplar entraba en casa para poder encajarlo entre otras dos piezas, como si intentáramos hacer arquitectura con las palabras encuadernadas. A mí me encantaba hojear todos esos libros "para mayores" de mis padres e intentar descifrar su contenido, desistiendo, claro, a los pocos segundos. Recuerdo que, en una ocasión, imprimí de mi puño y letra palabras al azar en el libro que mi madre tenía en su mesita de noche, como si aquello fuera un diccionario en vez de una novela y yo quisiera enriquecerlo con mi vocabulario particular. De pequeña leía con ansia, libro tras libro, y ellos eran los mejores regalos que podían hacerme. Finiquitaba al menos una vez al año las tiras completas del "Todo Mafalda" que me compraron mis padres, aunque no entendía los chistes políticos y se me escapaba el significado de términos como "burocracia", nombre con el que aquella niña espabilada bautizó a su tortuga.

Mis padres abrieron, hace 17 años, una cafetería situada a dos minutos andando de la librería París-Valencia. Yo tenía entonces siete años. Algunos días que pasaba por el negocio (ya fuera para visitar a mi madre, que trabajaba y continúa trabajando allí, o para quedarme un buen rato porque en algún sitio tendrían que dejarme), alguien me acompañaba a París-Valencia y yo permanecía en el local hasta que volvían a recogerme. Recuerdo el proceso como sigue: nada más entrar, me dirigía a la sección de libros infantiles y me sentaba pegadita al módulo que los recogía, con el vuelo del vestido cubriendo mis rodillas flexionadas hacia los lados. Entonces empezaba a sacar libros de las estanterías: escogía los que me parecían más interesantes o llamativos, construía una torre con ellos y husmeaba entre sus hojas. Los que tenían menos texto y más ilustraciones me los acababa allí mismo. Algunos los leía en varias sesiones, y había otros que mis padres me permitían comprar. Yo sabía que me harían elegir un solo libro, y los momentos de la decisión final eran arduos, extensos y preñados de cavilaciones. Quizá de aquella época proceda mi dificultad para tomar decisiones rápidas y exentas de toda espontaneidad.

Así podía permanecer horas y horas. Quizá exagere, porque la percepción del tiempo es más dilatada en los niños, pero aun así yo recuerdo esas tardes de sábado como momentos de pura atención y presencia en el aquí y ahora. Los trabajadores de París-Valencia, muchos de los cuales aún continúan allí, me conocían y me permitían convertir su librería en una biblioteca. Cuando crecí un poco más, mis padres me permitieron desplazarme sola desde la cafetería hasta París-Valencia. Y la línea se repetía: entraba, saludaba a Silvia si la veía, ocupaba mi trozo de suelo y leía, observaba, admiraba aquellas páginas que aun hoy continúan otorgándome esa sensación de vida en flor y de historias, tantas historias que nunca podré conocerlas todas.

Ahora ya no visito tanto París-Valencia. A veces camino sola por el centro de la ciudad, o visito la cafetería de mi madre a la que entro y de la que salgo sin que nadie me tome de la mano, y me paso por allí. Puede que busque algún libro en concreto; puede que sólo quiera investigar, adentrarme en títulos que desconozco y en ediciones que me conquistan con su estética pero me espantan por su precio. En ocasiones no quiero nada en especial y salgo de allí con varios libros en la mochila. Los días en que tengo ratos libres y me encuentro cerca tengo que evitar la tentación de entrar en la librería, porque sé que los veinte euros que llevo en la cartera no cruzarán conmigo la puerta de salida. 

Hoy he estado allí poco antes de que cerrasen. Buscaba un libro de Stanislavski que no tenían. Me lo han encargado, apuntando mi teléfono en la acostumbrada hojita de papel. "¿Se lo acerco a tu madre cuando llegue?". De acuerdo. Como ése no estaba, he pecado y me he llevado otro. Total, se trataba de una edición barata y con una traducción de calidad, y, aunque ya no soy una niña que lee en los pasillos, todavía me hacen descuento. Al salir me he dejado seducir por portadas, por autores que no me suenan de nada, por biografías que ansío leer y por ediciones de bolsillo tan humildes y a la vez sumamente cuidadas. Pero no me he llevado nada más, excepto ese olor a librería que no es antigua, ni es intrínsecamente especial, ni tampoco encandila al público general con su esencia; ese olor que me ha golpeado cuando estaba a punto de salir, haciéndome sentirme niña de nuevo, intensificando el amor a la palabra, a los libros pulcramente editados, pero también a las publicaciones antiguas a las que se les desprende el lomo y que, aun así, resisten gracias a la fuerza delicada de sus costuras.